Una cana nueva en mi cabello
Cada día de mis últimos años de vida al parecer habían pasado de la misma manera, la rutina estaba carcomiéndome y lo peor era que no me daba cuenta, esa rutina había pasado a ser mi padre nuestro, las tres comidas diarias o las necesidades básicas sin las que un ser humano podía vivir. Antes de que ocurriera tan atroz acontecimiento, ni siquiera me molestaba por detenerme a reflexionar sobre quien era Vanessa realmente, hasta que algo tan vano e indiferente me ocurrió, una cana nueva en mi cabello, y es que esta no era una simple cana, era mi primera cana, la más preocupante, la que luego pasaría a formar parte del innumerable álbum de recuerdos desagradables e insatisfactorios en mi vida. Para precisar la fecha fue el siete de octubre de dos mil cuatro, todo pretendía ser del mismo modo que el día anterior sólo que era una nueva fecha en el calendario, hasta que me acerco al espejo del baño y comienzo a peinar mi cabello oscuro como el azabache, pero con uno que otro tono rojizo, especialmente cuando las tardes son calurosas y el sol pretende ser el protagonista, el cepillo iba de un lado a otro por las miles de hebras que formaban mi cabellera y que de cuando en cuando impedían seguir el curso de la mano que dirigía el peine cual navío con dirección al norte, a mi nunca me ha gustado observarme por largos periodos de tiempo en cualquier artificio que reproduzca mi imagen, sin embargo justo en ese momento mis ojos no podían apartar la vista de un hijo blanco que pendían de mi cabeza, era grueso, pero parecía imponente y altanero, él era la novedad en ese mar de peones negros, se consideraba superior por ser grisáceo a la vez que arrogante por ser el único con esta característica. De inmediato pienso eliminar ese extraño elemento que nunca había vislumbrado en mi cabeza pero que había sido victima del pesar de mi madre y producto de un sin fin de tintes para erradicar la bacteria que se acentuaba con el paso de las décadas y lo primero que se me ocurre es preguntarle a la cana altanera como ahora me gusta llamarle:
-¿Qué haces en mi cabeza, apenas cuento con 17 años, nunca he pasado mayor rabieta y si las he tenido son puras morisquetas?
Y ella respondió:
-yo no soy evidencia de vejez, sólo he querido estacionarme en tu cabeza para que te des cuenta que tu vida es la repetición de tus días anteriores y ya llevas años así, a pesar de ser tan joven me sorprende que no hayas hecho nada para remediarlo…
Y le dije:
-porque te tengo que creer, eres altanera y no ni siquiera puedes contar la mitad de las experiencias que yo he tenido.
La cana le dijo:
-¿Cuáles, qué grandes experiencias has tenido? ¿Has sentido la lluvia en tu rostro, has presenciado un amanecer, te han besado, piensas quién eres y que haces en aquí?
Me quede callada sin poder rebatir nada, luego me di cuenta que había perdido 17 años de vida preocupada por calificaciones, responsabilidades, compromisos y esmerarme por satisfacer a mis padres pero vanessa no sentía que tenía vida, que lo que respiraba era realmente vida y fue así como la cana desagradable, altanera paso a ser el punto de reflexión y nueva dirección de mi vida, sin rutinas con miras a disfrutar esta estadía.
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